Nunca voy a olvidar la manera en que aquella mujer llegó a mi consulta.
Tenía aproximadamente 32 años. Era delgada, de piel muy pálida, cabello negro hasta los hombros y una mirada profundamente cansada, como si llevara años sin poder descansar realmente. Vestía completamente de negro, con varios collares religiosos mezclados entre sí: cruces, pulseras esotéricas, cuentas africanas y símbolos que pertenecían a distintas corrientes espirituales. Sus brazos estaban llenos de tatuajes relacionados con magia, protección y muerte.
Pero lo que más me llamó la atención no fue su apariencia.
Fue la energía que traía encima.
Desde que se sentó frente a mí sentí una vibración pesada, incómoda, desordenada. Era como entrar a una habitación donde muchas voces hablaran al mismo tiempo. Algo no estaba bien.
Comencé la consulta utilizando mis cartas del tarot, como siempre lo hago antes de aceptar profundizar en cualquier caso. Apenas inicié la lectura apareció una combinación que me puso en alerta inmediata: la carta de la magia junto a cartas de caos, ruptura y oscuridad espiritual.
Vi claramente demasiados portales abiertos.
No era una persona que estuviera siguiendo un camino espiritual definido. Era alguien que había pasado años entrando y saliendo de distintas prácticas, dejando promesas, rituales y vínculos energéticos abiertos por todos lados.
Mientras avanzaba la lectura, comenzó a contarme su historia.
Y entendí por qué las cartas estaban tan alteradas.
Aquella mujer había recorrido más de diez corrientes espirituales diferentes. Desde iglesias cristianas tradicionales, grupos protestantes, pentecosteses y mormones, hasta prácticas más intensas como el vudú africano y la santería.
Pero el verdadero problema era que nunca se detenía.
Quería probar todo.
Creer en todo.
Pertenecer a todo.
Su familia la había presionado desde muy joven para convertirse en “la mujer perfecta cristiana”, pero ella siempre fue rebelde. Mientras más intentaban controlarla, más se acercaba a prácticas prohibidas para ellos.
Fue entonces cuando conoció a personas que la involucraron cada vez más en rituales y compromisos espirituales.
La iniciaron.
Le hicieron ceremonias.
Le entregaron collares.
Le marcaron el cuerpo espiritualmente.
Incluso recibió prácticas que
ella aceptó sin comprender completamente las consecuencias.
Y aun así… seguía buscando más.
Visitaba otros templos. Consultaba otros brujos. Entraba a nuevas prácticas. Mezclaba rezos, símbolos, pactos y rituales como si todo pudiera convivir sin consecuencias.
Pero espiritualmente aquello ya estaba destruyéndola.
Las cartas mostraban desgracias acumuladas. Problemas emocionales severos. Caídas económicas. Enfermedades. Discusiones familiares constantes. Pesadillas. Sensaciones de persecución espiritual. Y algo más delicado todavía: veía afectación sobre su propia sangre.
Recuerdo perfectamente que la miré fijamente y le pregunté:
—¿Qué estás buscando realmente?
Ella no supo responderme.
Entonces le hablé con total seriedad.
Le expliqué que no se puede jugar con todas las corrientes espirituales al mismo tiempo. Hay puertas que, una vez abiertas, no siempre se cierran fácilmente. Y cuando alguien hace promesas, pactos o rituales sin responsabilidad, tarde o temprano llegan las consecuencias.
Le advertí algo que jamás olvidaré haberle dicho:
—La Santa Muerte no es un juego. Ninguna fuerza espiritual seria lo es. Y cuando una persona entra y sale de caminos espirituales sin compromiso, puede terminar perdiendo incluso lo más importante de su vida.
Ella escuchó todo con una mezcla de miedo y escepticismo.
Como si quisiera creerme… pero todavía no estuviera preparada para aceptar lo grave de su situación.
Después de aquella consulta desapareció.
Pasaron cerca de tres años.
Y una noche volvió a buscarme.
Pero esta vez era irreconocible.
Su rostro estaba desgastado. Había perdido peso. Sus ojos reflejaban angustia real. Ya no tenía aquella actitud desafiante de la primera vez.
La vida ya le había cobrado factura.
Las desgracias comenzaron a caer una tras otra. Problemas familiares, pérdidas, enfermedades y situaciones que terminaron afectando incluso a su hijo. Todo aquello que las cartas habían advertido años atrás finalmente había explotado.
Recuerdo que aquella vez llegó llorando.
Y por primera vez dijo algo que nunca había dicho antes:
—Ya no quiero seguir abriendo puertas… quiero cerrarlas.
Fue entonces cuando comenzó el verdadero proceso.
Tuvo que renunciar a muchas prácticas. Cortar vínculos espirituales. Aprender disciplina. Comprender que la espiritualidad no es una moda ni un juego de curiosidad.
Le tomó años reconstruirse.
Pero finalmente entendió algo que muchas personas jamás comprenden:
No sirve de nada seguir veinte caminos diferentes si ninguno se sostiene con verdadera conciencia.
Con el tiempo comenzó a enfocarse solamente en una devoción espiritual seria. Empezó a invertir tiempo, respeto, servicio y compromiso real. Y poco a poco aquella oscuridad desordenada que cargaba empezó a desaparecer.
Actualmente, esa misma mujer se convirtió en guardiana de un altar.
Por primera vez en su vida encontró un lugar donde su fe dejó de sentirse confundida. Un espacio donde canalizó toda esa necesidad espiritual que durante años la hizo perderse entre demasiadas voces y demasiados caminos.
Y entendí algo observándola:
Hay personas que no buscan poder.
Lo que realmente
buscan… es sentirse comprendidas antes de destruirse por dentro.
Esta fue una historia real
A lo largo de mi vida he conocido personas que creen que mientras más rituales, prácticas o creencias acumulen, más fuertes serán espiritualmente. Pero la realidad es completamente distinta.
La desesperación espiritual puede llevar a alguien a abrir puertas que después no sabe cómo cerrar.
Mi opinión siempre será clara:
la espiritualidad debe
tomarse con respeto, responsabilidad y conciencia. No por moda, presión o curiosidad.
Porque cuando alguien juega con aquello que no entiende… las consecuencias pueden perseguirlo durante años.