El hombre que insistió en hacer un pacto… y casi pierde la vida
Hay personas que llegan buscando ayuda.
Y hay otras que llegan buscando que alguien les diga que sí.
Este hombre pertenecía al segundo grupo.
Tendría alrededor de 45 años cuando llegó a consultarme por primera vez. Desde el primer momento noté algo muy particular en él: no estaba buscando orientación, ya tenía una decisión tomada.
Quería hacer un pacto con la Santa Muerte.
No una promesa.
No una devoción.
No un compromiso espiritual normal.
Un pacto.
Y estaba completamente obsesionado con la idea.
Recuerdo perfectamente que durante la consulta comenzó a contarme todas las prácticas que realizaba por su cuenta. Había hecho rituales de prosperidad. Trabajaba con distintas corrientes espirituales. Tenía imágenes de varios santos. Había buscado ayuda en diferentes deidades y sistemas de creencias.
Pero nada parecía suficiente.
Siempre quería más.
Más dinero.
Más bienes materiales.
Más poder.
Más resultados.
Mientras más hablaba, más claro veía algo que me preocupaba profundamente.
No estaba buscando crecimiento espiritual.
Estaba buscando acelerar su ambición.
Cuando revisé su situación fui muy claro con él.
Le expliqué que no debía hacer algo tan delicado sin comprender realmente las consecuencias que podría traer para su vida.
Le dije algo que recuerdo perfectamente:
—Si no entiendes la responsabilidad que implica un compromiso de esta naturaleza, podrías terminar perdiendo mucho más de lo que crees que vas a ganar.
Pero él no quería escuchar.
Insistía una y otra vez.
Decía que esa era la única opción para alcanzar todo lo que deseaba.
Y por esa razón me negué.
Simplemente no podía participar en algo que consideraba peligroso para él.
Se fue molesto.
Convencido de que yo estaba equivocado.
Y durante años no volví a saber nada de él.
Hasta que una noche ocurrió algo que jamás olvidaré.
Me encontraba participando en un culto cuando vi acercarse a un hombre que me resultaba familiar.
Tardé unos segundos en reconocerlo.
Era él.
Pero parecía otra persona.
Había envejecido.
Su mirada era distinta.
Su energía era completamente diferente.
Cuando finalmente comenzamos a hablar me contó toda la historia.
Después de salir de aquella consulta viajó hasta Veracruz.
Y allá encontró a quien estaba dispuesto a ayudarle a realizar aquello que tanto buscaba.
El pacto se llevó a cabo.
Y durante algún tiempo creyó que todo marchaba bien.
Pero poco a poco comenzó a perder cosas.
Primero llegaron problemas económicos.
Después pérdidas importantes.
Negocios que se derrumbaron.
Dinero que desaparecía tan rápido como llegaba.
Deudas.
Conflictos.
Problemas familiares.
Y finalmente un accidente.
Un accidente tan grave que estuvo cerca de costarle la vida.
Mientras me lo contaba había lágrimas en sus ojos.
Porque fue en ese momento cuando comprendió algo que jamás había querido escuchar años atrás.
Lo material puede recuperarse.
La vida no.
Me confesó que durante aquel accidente sintió que estaba a punto de partir.
Y también sintió algo más.
Sintió que había recibido una oportunidad.
Una segunda oportunidad.
No para seguir persiguiendo riqueza.
Sino para valorar lo que realmente importaba.
Recuerdo perfectamente sus palabras:
—Perdí casi todo lo que tenía… pero entendí que todavía estaba vivo.
Aquella frase me impactó profundamente.
Porque durante años había perseguido bienes materiales como si fueran el propósito principal de su existencia.
Y fue justamente cuando los perdió que comprendió el verdadero valor de estar aquí.
Lo más sorprendente es que no abandonó su fe.
Todo lo contrario.
Continuó su camino espiritual.
Pero ya no desde la ambición.
Ya no desde la obsesión.
Ya no desde la desesperación por conseguir más.
Sino desde el respeto.
Desde la gratitud.
Y desde la conciencia de que existen cosas mucho más importantes que el dinero.
Esta fue una historia real
A lo largo de los años he visto personas arriesgarlo todo por conseguir aquello que desean.
Pero también he visto cómo algunas descubren demasiado tarde que estaban poniendo en juego algo mucho más valioso.
Mi opinión siempre será clara:
Antes de comprometerse con cualquier camino espiritual, una persona debe comprender plenamente la responsabilidad que implica.
Porque el dinero puede recuperarse.
Los negocios pueden volver a levantarse.
Pero la vida sigue siendo el bien más valioso que una persona posee.